
CONTRA LA AGRESIVIDAD: BUEN HUMOR
Recuerdo una historia que a menudo contaba mi madre acerca de un familiar suyo, antes del golpe de estado del General Franco, durante la República.
Este buen hombre, molinero de profesión, estaba obligado a pasar cada día, con su carro, por delante del cuartelillo de la Guardia Civil para ir a la faena.
Como quiera que, justo delante del cuartel, se empinaba la cuesta, y la mula que tiraba del carro renqueaba, el primo de mi madre jadeaba al pobre animal a base de todo tipo de juramentos e improperios, por lo que los guardias que custodiaban la entrada del cuartel le avisaban de que se moderara en sus expresiones o se verían obligados a multarle por conducta indecorosa. El buen hombre, tosco, pero tocado por la gloriosa barita del buen humor, a partir de determinado momento, cuando llegaba al cuartel, y la mula se paraba, comenzaba a gritar delante de los Guardias:
¡¡Muuuula, me cachis los cantitos…!, a lo que los guardias, desconcertados por el cachondeo, y las risas de los viandantes avisados del conflicto, no sabían cómo responder.
Una vez más, el humor puede desatascar una situación de manera imaginativa sin vernos obligados a desprendernos de un ápice de dignidad.
También me gusta la historia que oí contar acerca de Manuel Summers, padre del cantante de hombres G, y uno de los más cachondos directores de cine-caspa/dibujante/humorista de la transición.
La historia narra la reacción de Summers frente a un altercado en el que se vió envuelto, conduciendo su automóvil, con otro vehículo. Ante las voces airadas e insultos del otro conductor, Summers, sin bajar del coche, por la ventanilla, le espetó: “Usted me dice todo esto porque sabe que soy paralítico…”-lo cual era absolutamente falso-, ante lo que su interlocutor se calló y marchó desconcertado después de pedirle disculpas…
Recuerdo una historia que a menudo contaba mi madre acerca de un familiar suyo, antes del golpe de estado del General Franco, durante la República.
Este buen hombre, molinero de profesión, estaba obligado a pasar cada día, con su carro, por delante del cuartelillo de la Guardia Civil para ir a la faena.
Como quiera que, justo delante del cuartel, se empinaba la cuesta, y la mula que tiraba del carro renqueaba, el primo de mi madre jadeaba al pobre animal a base de todo tipo de juramentos e improperios, por lo que los guardias que custodiaban la entrada del cuartel le avisaban de que se moderara en sus expresiones o se verían obligados a multarle por conducta indecorosa. El buen hombre, tosco, pero tocado por la gloriosa barita del buen humor, a partir de determinado momento, cuando llegaba al cuartel, y la mula se paraba, comenzaba a gritar delante de los Guardias:
¡¡Muuuula, me cachis los cantitos…!, a lo que los guardias, desconcertados por el cachondeo, y las risas de los viandantes avisados del conflicto, no sabían cómo responder.
Una vez más, el humor puede desatascar una situación de manera imaginativa sin vernos obligados a desprendernos de un ápice de dignidad.
También me gusta la historia que oí contar acerca de Manuel Summers, padre del cantante de hombres G, y uno de los más cachondos directores de cine-caspa/dibujante/humorista de la transición.
La historia narra la reacción de Summers frente a un altercado en el que se vió envuelto, conduciendo su automóvil, con otro vehículo. Ante las voces airadas e insultos del otro conductor, Summers, sin bajar del coche, por la ventanilla, le espetó: “Usted me dice todo esto porque sabe que soy paralítico…”-lo cual era absolutamente falso-, ante lo que su interlocutor se calló y marchó desconcertado después de pedirle disculpas…

1 comentarios:
Alguien sin sentido del humor no es nadie, verdad? Al menos eso creo yo.
Muchísimas gracias por tu visita a mi blog y por la historia que me has contado de Galeano, resume muy bien lo que yo quería explicar. Ahora voy con prisa pero esta noche me acomodaré en el sofá para leerte, que me da que me va a gustar.
Un besote.
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